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España, 22 de Marzo de 2019

flecha La niña de las corbatas - Historias de la infancia en situación de violencia y marginación


La presente historia refleja el dramático mundo del niño en situación de violencia.
Aunque basada en la realidad, los nombres de sus protagonistas son ficticios.
Su contenido denuncia la sórdida existencia de estos menores que luchan por sobrevivir en un entorno despiadado que los margina y desprecia. Cada mes una nueva historia


Nº 3 MARZO

“Da lo que tienes para que merezcas recibir lo que te falta.”(Agustín de Hipona.)

Aunque las fuentes difieren en sus datos, puede hablarse de una población mundial de cien millones de menores que, alejados de su entorno familiar, se convierten en niños sin ros-tro en su anónimo escenario vital: las calles, sus rincones y sus miserias.
Historia de la Niña de las Corbatas:
Me llaman la Niña de las Corbatas. Por lo menos tengo ocho años, aunque parezco mayor. No estoy muy delgada, tengo manchas saltarinas por la cara, corro y salto rápido; me gustan los pasteles de nata y las telas de colores.
Princesa de cristal, voz de jazmín, Brisa de plata, flor de abril.
Vivo en las calles y duermo en las alcantarillas. Lo primero que hago al despertar es recoger y esconder la ropa que me abriga cuando duermo. Luego miro alrededor buscando rostros conocidos y, si los encuentro, salimos juntos al exterior, al sol, al ruido y la algarabía. Al poco, las ranas que tengo riéndose dentro de mi barriga me recuerdan que llevo horas sin comer. La mayoría de las veces acabo recogiendo frutas feas tiradas en las basuras. Si hay suerte, algunos clientes de restaurantes me dan los huesos de pollo para que acabe de limpiarlos. Por las noches, en las cloacas, las sombras que me acechan se transforman en monstruos salvajes, violentos y furiosos que, acosándome por todas partes, quieren empujarme a las aguas sucias y oscuras para hundirme y ahogarme en ellas. Otras veces, dragones llenos de fuego y odio se irritan conmigo, y me envían ratas grandes y negras para que me vaya.
Alma niña, marchita lozanía, Ángel herido de veneno y agonía.
Muchos de nosotros, pobres y con miedo, nos refugiamos en los corredores de los desagües pestilentes de la ciudad, entre desperdicios, excrementos y alimañas. Pero eso no es lo peor. Cuando el dolor es más profundo y amargo, es al contemplar a otros niños que tienen un hogar, juegan con sus juguetes, duermen en sus camas y tienen papás. Yo no tendré casa, ni regalos, ni cobijo, ni nadie que me cuide y me quiera, porque mi hogar es el asfalto, mi lecho el suelo del sumidero, mi premio la soledad y mis padres la indiferencia y el hambre.
 








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